Tener razones para todo; lo abierto y el entendimiento

 

Caminamos por la vida, abiertos permanentemente a los sucesos que en ella irrumpen. Tal vez podríamos decir; somos, cada vez, los sucesos que en nuestra vida acontecen. Afirmamos que estamos abiertos a la vida, pero ¿nos disponemos verdaderamente a esta apertura? ¿O, por el hecho de estar abiertos, nos procuramos constantemente escudos para protegernos de ella, de su extrañeza? Contemos las veces que nos hemos asombrado esta última semana. El asombro, para los griegos, constituía la verdadera apertura al riesgo de lo incalculable, una disposición emocional a recibir las nuevas invitaciones de la vida en nuestro cuerpo, en nuestra lengua y en nuestro corazón. El asombro constituía el primer paso para la verdadera experiencia, aquella que te da voz dejándote al mismo tiempo en silencio. En este mismo sentido se comprendía el amor; como una disposición afectiva de apertura al otro, a su palabra, a sus gestos, a su Rostro, a aquello que el otro nos regala por el sólo hecho de ser, aquello que lo hace único, extraño e inabarcable.

Ahora bien, ¿nos hemos asombrado últimamente? ¿Estamos dispuestos a amar la vida, a amar lo otro? Tal vez, como a muchos nos ocurre, tenemos una docena de razones para explicarlo todo. Es decir, que ante cualquier suceso que vivamos, poseemos una serie de explicaciones para entenderlos, para reducirlos a lo que ya hemos vivido, obstaculizando así la irrupción de lo nuevo, su experiencia y la propia trasformación. Podríamos hacer ese sencillo ejercicio; pensar en las razones que tenemos a mano para explicar todo los que nos pasa, por qué nos pasa, cuál es su significado, hacia donde nos lleva, qué lo ha provocado. Quizás, de improviso, caigamos en cuenta de que la exigencia de entenderlo todo (lo que incluye, por supuesto, entendernos siempre a nosotros mismos) nos clausura, nos hace herméticos a lo abierto de la vida, cerrándonos múltiples posibilidades de verdadero aprendizaje.

Ahora podríamos preguntarnos de donde provienen esa docena de razones que siempre tenemos a mano para explicarnos todo, si son razones que han emergido de nuestra experticia en ciertos dominios (lo cual nos conduce a pensar en lo adecuado de estas razones en otros dominios) o si son heredadas, ya sea de la tradición, de la educación, de nuestro mundo, de nuestra historia. Preguntarnos, a nosotros mismos, qué es lo que nos impide abrirnos a lo nuevo, qué nos incomoda, a qué le tememos, qué nos angustia. Y, dentro de este mismo gesto, preguntarnos qué nos impide conferirle al otro (a la vida, a otro ser humano) autoridad. Es decir, cómo nos privamos, cada vez que nos encerramos en nuestro familiar entendimiento, de cultivar un vínculo de aprendizaje donde la autoridad de otro sólo radica es su mayor experticia, o, lo que es lo mismo, que en cierto dominio él habla desde el corazón. Porque, si es cierto que el aprendizaje no se da en la repetición monótona de la palabra, sino que se da cuando la palabra se hace experiencia, cuando se torna en vida y en posibilidad para el que escucha, nuestra disposición al asombro y al amor se torna crucial en nuestra apertura a lo nuevo. Pues así, tal vez, logremos habitar en lo abierto de la vida; con nuestros pies en casa, pero siempre dispuestos a iniciar un nuevo viaje.

Luis Felipe Oyarzún M.

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