Me ha tocado pensar en un fenómeno que, tal vez por la vorágine cotidiana del hacer y del hacer, se nos va, lejos, lejos, hasta la lejanía de lo que tenemos más próximo. Y no sólo pensar, sino intentar mostrar el fenómeno en las clases, por tanto, poner atención a mi modo de prestar mi atención a él; me refiero al fenómeno de ESCUCHAR. Es decir, poner atención al fenómeno de la atención.
Kierkeggard dijo en un librito “La época presente” que el que verdaderamente habla (y no sólo informa) antes sabe callar; sabe escuchar el silencio. ¿Será tal vez el escuchar un callar? ¿Y un callar no sólo referido a cortar la voz, sino, antes que todo, una disposición a lo Otro que “yo”? Con esto quiero decir que el ESCUCHAR puede significar en nuestras vidas un movimiento de APERTURA hacia otro diferente a nosotros, un esfuerzo (y vaya que esfuerzo) a poner atención, no sólo a lo que dice el otro ser humano, sino a la vida misma, que se nos escapa a raudales mientras nos obstinamos a perdernos en las dispersión cotidiana del hacer por el hacer. ¿Será, por tanto, el escuchar, un movimiento que nos fuerza a salir de casa, a quitarnos nuestros prejuicios y modos de observar, ofreciéndonos a la voz de otro? ¿Será el ESCUCHAR la apertura misma al fenómeno de la convivencia en aquello que nos reúne y que denominamos “ser humano”?
El aprendizaje, tal vez, involucre este movimiento y exigencia por escuchar. Y el escuchar, como un ponerse en el umbral de todas nuestras certezas, preparándonos para recibir un regalo, una ofrenda, una experiencia que nos abra un horizonte de posibilidades antes oculta para nuestros ojos. Escuchar, por tanto, como ponerse en riesgo. Y el riesgo como un abrirse de manos para recibir, lo que nos depara la vida, lo que nos puede mostrar otro ser humano.
Si escuchamos cotidianamente desde lo que somos, desde nuestra historia, desde el mundo que tenemos a mano, poner atención, al otro y a la vida, puede posibilitarnos un modo de escuchar inédito, tal vez, volviendo hacia aquel comienzo del aprendizaje, que algunas personas designaron con el brillante y oscuro nombre de asombro.


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